domingo 1 de mayo de 2011
Ejercicios para disfrutar la soledad 1
Un señor de unos 50 años sube las escaleras frente a mí. Lo primero que noto son sus tenis, salvo por la talla, idénticos a los míos. Vanidosamente, se me ocurre que esos tenis son prueba de su espíritu libre. Al llegar al primer piso me cede el paso. Gracias a su amabilidad puedo a) verlo de frente, b) ganarle la única mesa libre en la terraza. Mientras lo miro mirarme con algo de coraje y otra cosa que, otra vez vanidosamente, interpreto como coquetería, pienso que quizá no sería mala idea invitarlo a sentarse. Noto su ejercitado tono muscular y lo imagino corriendo. Nos imagino corriendo juntos. Pienso que no nos convendría tener hijos. Quizá pueda llevarme bien con los que ya tiene. Quizás incluso tenga alguno casi de mi edad. Me pregunto cuánto tiempo tardaría en llegarle ese olor a viejo. ¿Sería eso un problema? ¡Cuántas cosas podría enseñarme con esos 20 años que me lleva de ventaja! Pero se ve que es muy coqueto, pienso. Para ese momento él ya baja las escaleras de regreso con su esposa: una atractiva mujer de su edad. Me doy cuenta de que otra vez estoy proyectándome una vida al lado de un desconocido. Lo hago con bastante regularidad. Digamos, un par de veces por semana. Que no me sean indiferentes es el único requisito. A veces es sólo una imagen. Los dos tumbados en la playa, por ejemplo. Otras, imagino incluso las razones del rompimiento, siento el tedio que me causará la rutina. Veo el detalle que en un inicio me pareció atractivo convertido en el horror. Este ejercicio, no sólo ayuda a disfrutar la soledad, también a conservarla.
miércoles 23 de marzo de 2011
Infancia
Creíste que la estrella de tu infancia te guiaría por siempre.
Los años pasan y esos tiempos son casi inexistentes.
Miras hacia atrás y apenas puedes creer lo pequeña que fuiste
y, quisieras decir, lo inocente.
Pero esa estrella iluminaba más tu ceguera que tu transcurso por los libros y los sabios.
Los años pasan y esos tiempos son casi inexistentes.
Miras hacia atrás y apenas puedes creer lo pequeña que fuiste
y, quisieras decir, lo inocente.
Pero esa estrella iluminaba más tu ceguera que tu transcurso por los libros y los sabios.
miércoles 12 de enero de 2011
Tres estaciones. Después de leer a Piglia
La energía de un niño es como la cola de la lagartija recién cortada. Salta por doquier, consumiéndose sin reservas para el futuro. Para un niño pequeño el futuro no existe. El futuro es el cauce al que se integra conforme crece. El pedazo de cola, ese látigo con músculo, el miembro perdido, continúa con su movimiento alocado pero ahora, como un espermatozoide, tiene cabeza y, por lo tanto, dirección. El adulto sabe que la única dirección posible es la muerte y que todo en esta vida consume. Para el viejo, en cambio, que diariamente paga su pacto con el diablo, el pasado y el futuro se fusionan en el otro. Observa los mecanismos del presente como quien mira sus recuerdos. Se aferra a la repetición como si fuera el último hilo de aire que lo ata a la vida.
martes 11 de enero de 2011
panuchos, camarones, hombres y dioses
No todo es color de rosa al volver a casa. O, para usar un tropo más clarividoso, no todo es panuchos, mar y camarones. Del otro lado de la moneda (qué aburrido hablar de lo bueno) está la nostalgia acentuada por la violencia que vive Cancún. Cada vez son más las historias de narcos, secuestros, drogas y muertes que escucho, cuando antes nos íbamos de vacaciones sin siquiera cerrar las ventanas. Los más ricos se protegen más. Supe de uno que cambió, sólo por las apariencias, su Mercedes por un Atos, y de muchos otros que se van a vivir a Estados Unidos. La cuestión moral que conlleva una decisión de ese tamaño me remite al corazón de De hombres y de dioses de Xavier Beauvois, la película que más me conmovió el año pasado. Unos monjes franceses que viven en Argelia tienen que decidir tras los ataques inminentes de grupos terroristas contra el pueblo que llevan años cuidando, si irse para protegerse o quedarse y enfrentar lo peor. Lo peor resulta ser su indecisión. Pero, con cada argumento que dan, con los que ponen su fe en entredicho, estos hombres se crecen. Quizá no lleguen a la estatura de los dioses, pero sin duda alcanzan la de héroes. Personas así, de estructuras de hierro con carne, son las que necesitamos.
domingo 9 de enero de 2011
Hablar de algo para mencionar como de pasada otra cosa

Anoche finalmente vi Fitzcarraldo. Un profesor de la Universidad, por quien en algún momento me sentí acosada, nos la recomendaba mucho. Quizá por eso no la había visto. Me quedé con una sensación teutónica. Las películas arriesgadas, las obras arriesgadas en general, como de malabarista en cuerda floja, me producen progresiones imaginativas.
Pero algo hay que me incomoda: el tratamiento que se le da a los indios. Se les ve como algo tan incompresible, amenazante y agresivo como la naturaleza misma, incluso peor, y no hay intentos de revertirlo. No me extraña su cercanía con Coppola y Apocalypse Now durante los años de su filmación. El horror conradiano es parecido al horror que sienten los personajes de su hija, Sofia, por cualquiera que no hable inglés, por los japoneses o los italianos, y al que sentía Herzog al soñar con Perú. Fog-panting and exhausted they [los árboles] stand in this unreal world, in unreal misery — and I, like a stanza in a poem written in an unknown foreign tongue, am shaken to the core, escribió en su diario en el 79, cuando se estrenó Apocalypse..., cuando llegó a Perú a filmar. En fin, no hay nada de malo con esto, ¿o sí? Mientras lo escribo me llegan murmullos de mi madre tocando canciones persas.
Después, me fui a seguir leyendo la más reciente novela de Piglia, un autor que produce desajustes esquemáticos en mis estructuras lingüísticas y que me hace reír en voz alta. Me gustan los autores que me hacen reír en voz alta en los aeropuertos, como Frédéric Beigbeder con El amor dura tres años, que leí en una sala de espera junto a una adolescente que veía una serie en su computadora. Todavía recuerdo la imagen de la mano de la amada, ya que han pasado más de dos años de relación y el tiempo ha menguado los sentimimentos, posada "como pulpo" sobre la pierna del narrador. Ay, qué risa me dio. Qué cosas tan ñoñas me dan risa. La gente hace bien en verme feo. Debería aprender a comportarme, a ser más selectiva al reír. Pero ayer Piglia me hizo reír mucho. Por ejemplo, con esto: [...] que le había dado un ataque cuando estaba echándose un polvo coon una paraguaya en el prostíbulo de la Bizca y que la chica le salvó la vida porque, casi sin darse cuenta, le siguió haciendo respiración boca a boca [...]. Qué divertido. Pero es que la pura palabra 'uruguaya' es para reírse. En fin, mejor me duermo o sigo leyendo.
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