Hoy en el Reforma encuentro esto:
La Semarnat autorizó la extracción de 6 millones de metros cúbicos de los bancos de arena de Cozumel, para la recuperación de playas principalmente de Cancún, lo que según grupos ecologistas afectará sistemas lagunares y varias especies que dependen del ecosistema.
El ex Rector de la UNAM, José Sarukhán, dijo que "Es el peor negocio del mundo. Déjeme ponérselo así, Cancún no debería estar donde está, y esto se dijo desde los tempranos setentas, cuando se estaba planeando; o, por lo menos, no desarrollarlo como se desarrolló. La ambición desmedida, depredadora de esas cosas, nos ha llevado a cometer muchos errores; tenemos información para ponderar cuándo estas cosas no son dañinas y consecuentemente pararlas cuando hay que hacerlo".
Esta nota me recordó una anécdota un poco estúpida y triste, pero que me hace sonreír. En época de prepa fuimos a recoger a unos amigos a Poktapok para ir a una fiesta. Nos bajamos a pre copear un rato. Empezó a llover ultra fuerte. Una parte de Poktapok, de hecho casi todo, está construido bajo del nivel del mar y, como este residencial está entre el mar y la laguna, se inunda mucho y muy fácilmente. A los diez minutos de tormenta, el agua nos llegaba a las rodillas. Tuvimos que subir todos los muebles al segundo piso. Recuerdo una imagen hermosa: el perro, un golden retriever, nos veía subir y bajar con carita burlona, flotando sobre una tabla de surf. Al poco rato, un vecino llegó a pedirnos ayuda. Corrimos hasta su casa empapándonos en la tormenta (esa es una de mis sensaciones favoritas). Al llegar, su mamá y su papá, a quienes temíamos (nunca entendí por qué), nos ordenaron sacar el agua de su casa. Nos enfilamos como hormigas y empezó el desfile de cubetas llenas, cubetas vacías, de la sala hacia el jardín. Claro que nuestra empresa era fútil, por supuesto que todos los que lo hacíamos lo sabíamos pero, bajo la supervisión intensiva del padre, nadie se atrevió a decir nada. Obedecimos como descerebrados hasta que el papá se cansó. Entonces, volvimos a correr bajo la tempestad.
lunes 31 de agosto de 2009
sábado 29 de agosto de 2009
Shooting Stars
A principios de este mes, el dúo Bag Raiders presentó su último sencillo "Shooting Stars" en el Oxford Art Factory de Sydney. Jamás los había escuchado, pero googleando un poco encuentro que le han hecho remixes a Muscles, Midnight Juggernauts, K.I.M. y Cut Copy. En sus primeros sencillos "Turbo Love" y "Fun Punch" se escucha clarita la influencia del house francés, sobre todo de Daft Punk y Cassius (otros dos, de dos), pero en "Shooting Stars" es más obvio el "Australian touch" más... ¿melodioso?, ¿fucsia?.
Ellos dicen que hacen música de aventuras y, en este video, ¡ellos viven su propia aventura!, una aventura con dosis de Clockwork Orange, Back to the Future y Pinocho. A mí lo que me raya es la canción.
Ellos dicen que hacen música de aventuras y, en este video, ¡ellos viven su propia aventura!, una aventura con dosis de Clockwork Orange, Back to the Future y Pinocho. A mí lo que me raya es la canción.
lunes 24 de agosto de 2009
el teatro
El sábado fui al teatro. Siempre que salgo contenta del teatro me pregunto por qué la gente casi no va al teatro en este país. Y lo primero que se me ocurre es contestarme a mí, en mi cabeza, por qué yo casi no voy al teatro. Resulta que casi no voy al teatro, primero, porque es caro, también, porque no siempre sé qué ver, adónde ir. Una época de mi vida, acaso un par de meses, fui casi diario al teatro. Casi diario significa al menos cuatro veces por semana. ¿Por qué durante esa época fui tanto al teatro? primero, porque tenía pases gratis, también, porque tenía una guía impresa que me indicaba dónde exactamente podía usar esos pases, tercero, era adolescente y no tenía nadísima que hacer, más importante aún, iba al teatro porque me encanta.
Hace poco, chismeando en mi librero, encontré esta cita de López Velarde: "En mi concepto, la escasa fortuna del teatro nacional consiste en que sólo por excepción se dedican a él autores de calidad. En consecuencia, creo que el medio de elevar nuestro teatro es asegurar ganancias prácticas para los literatos de rango que escriban cosas escénicas, o mejor, para que los literatos de rango escriban". Me parece que Velarde vivió en un México en el que las cosas subían o parecía que subían o que podían subir. Ahora en México sólo sube la inflación, pero las ganacias, y las de un escritor, ni en broma; no lo sé, sólo digo que me parece.
Por lo que pude ver el sábado, siguen existiendo las gratas excepciones nacionales a las que se refería Velarde y una de ellas es Hugo Hiriart. Sí, este sábado fui a ver La Ginecomaquia al Teatro Isabela Corona, un teatro del IMSS junto a la Plaza de las Tres Culturas, y me pareció un texto de lo más disfrutable. Es sencillo y repetitivo, porque va a lo esencial y sólo reitera donde hay que poner el acento. ¿Que dónde hay poner el acento? pues en el lenguaje, en la acción y en la llaga, por supuesto. Me siento obligada a aclarar que nunca antes había leído este texto y como mi primer acercamiento fue a través de una puesta en escena, gran parte de mi tarea ya estaba hecha. Seguramente, de haberlo leído primero, no habría entendido nada, pero me lo dieron bien actuado y dirigido, ¿ven por qué me gusta tanto el teatro?. Claro que no es sólo por eso. El teatro es algo único y mágico, casi imposible. ¿Recuerdan ese cuento de Borges, en el que Averroes fracasa porque es incapaz de imaginar qué rayos es una tragedia y una comedia a pesar de que la respuesta estuvo ahí, en sus narices? Es que no es cosa fácil en ningún sentido, hay que tener carácter, arrojo para hacer teatro, incluso para imaginarlo. En principio se diría que también se requiere de cierta locura pero es más que eso, ¿no?, tal vez, locura contenida, locura memorizada en el cuerpo, locura consciente, es decir, una doble locura o triple, mejor, digamos, una locura exponencial.
Es que miren, imaginen que les encanta el teatro, que su sueño es ser actor, y, para acabarla de amolar, actor de teatro en México. En este caso, ustedes estudiarían actuación y poco a poco, si no es que ya lo sabían de antemano, se darían cuenta de que "vivir" de la actuación es una posibilidad remota. Decidirían entonces estudiar algo más, tener un plan "b" y seguir, paralelamente, con la actuación. Esto implicaría sacrificios de tiempo, económicos, emocionales. ¿Sacrificar tanto por pararse en un escenario y contar una historia no es en sí una locura?. Y eso que no he mencionado que ya siendo profesionales, un día, montarían una obra en la que su papel sería el de una loca y una enfermera al mismo tiempo, que el escenario representaría un hospital y que el teatro en el que se presentaría sería, precisamente, el teatro de un hospital. Su vestuario sería una bata de enfermo exactamente igual a las que usan los enfermos del hospital al que pertenece el teatro. Es decir, en el escenario serían actores pero veinte metros hacia el norte cualquiera los confundiría con enfermos. Lo mismo con la utilería: de este lado "utilería", de aquél, camillas, sábanas y escobas. Se subirían al escenario, después de meses de ensayo, para que algunas personas los vieran con cara de anonadación. Lo harían bien, muy bien, pondrían pasión en ello, se entregarían, y, despues, la gente saldría del teatro, se daría cuenta de que, como la obra empezó temprano, a las seis, sigue habiendo luz, miraría el hospital, una ruina junto al teatro, al frente, los edificios de Tlatelolco, trataría de llenar con construcciones imaginarias esos espacios que el terremoto dejó vacíos y se preguntaría, complacida, por qué la gente casi no va al teatro en este país.
Hace poco, chismeando en mi librero, encontré esta cita de López Velarde: "En mi concepto, la escasa fortuna del teatro nacional consiste en que sólo por excepción se dedican a él autores de calidad. En consecuencia, creo que el medio de elevar nuestro teatro es asegurar ganancias prácticas para los literatos de rango que escriban cosas escénicas, o mejor, para que los literatos de rango escriban". Me parece que Velarde vivió en un México en el que las cosas subían o parecía que subían o que podían subir. Ahora en México sólo sube la inflación, pero las ganacias, y las de un escritor, ni en broma; no lo sé, sólo digo que me parece.
Por lo que pude ver el sábado, siguen existiendo las gratas excepciones nacionales a las que se refería Velarde y una de ellas es Hugo Hiriart. Sí, este sábado fui a ver La Ginecomaquia al Teatro Isabela Corona, un teatro del IMSS junto a la Plaza de las Tres Culturas, y me pareció un texto de lo más disfrutable. Es sencillo y repetitivo, porque va a lo esencial y sólo reitera donde hay que poner el acento. ¿Que dónde hay poner el acento? pues en el lenguaje, en la acción y en la llaga, por supuesto. Me siento obligada a aclarar que nunca antes había leído este texto y como mi primer acercamiento fue a través de una puesta en escena, gran parte de mi tarea ya estaba hecha. Seguramente, de haberlo leído primero, no habría entendido nada, pero me lo dieron bien actuado y dirigido, ¿ven por qué me gusta tanto el teatro?. Claro que no es sólo por eso. El teatro es algo único y mágico, casi imposible. ¿Recuerdan ese cuento de Borges, en el que Averroes fracasa porque es incapaz de imaginar qué rayos es una tragedia y una comedia a pesar de que la respuesta estuvo ahí, en sus narices? Es que no es cosa fácil en ningún sentido, hay que tener carácter, arrojo para hacer teatro, incluso para imaginarlo. En principio se diría que también se requiere de cierta locura pero es más que eso, ¿no?, tal vez, locura contenida, locura memorizada en el cuerpo, locura consciente, es decir, una doble locura o triple, mejor, digamos, una locura exponencial.
Es que miren, imaginen que les encanta el teatro, que su sueño es ser actor, y, para acabarla de amolar, actor de teatro en México. En este caso, ustedes estudiarían actuación y poco a poco, si no es que ya lo sabían de antemano, se darían cuenta de que "vivir" de la actuación es una posibilidad remota. Decidirían entonces estudiar algo más, tener un plan "b" y seguir, paralelamente, con la actuación. Esto implicaría sacrificios de tiempo, económicos, emocionales. ¿Sacrificar tanto por pararse en un escenario y contar una historia no es en sí una locura?. Y eso que no he mencionado que ya siendo profesionales, un día, montarían una obra en la que su papel sería el de una loca y una enfermera al mismo tiempo, que el escenario representaría un hospital y que el teatro en el que se presentaría sería, precisamente, el teatro de un hospital. Su vestuario sería una bata de enfermo exactamente igual a las que usan los enfermos del hospital al que pertenece el teatro. Es decir, en el escenario serían actores pero veinte metros hacia el norte cualquiera los confundiría con enfermos. Lo mismo con la utilería: de este lado "utilería", de aquél, camillas, sábanas y escobas. Se subirían al escenario, después de meses de ensayo, para que algunas personas los vieran con cara de anonadación. Lo harían bien, muy bien, pondrían pasión en ello, se entregarían, y, despues, la gente saldría del teatro, se daría cuenta de que, como la obra empezó temprano, a las seis, sigue habiendo luz, miraría el hospital, una ruina junto al teatro, al frente, los edificios de Tlatelolco, trataría de llenar con construcciones imaginarias esos espacios que el terremoto dejó vacíos y se preguntaría, complacida, por qué la gente casi no va al teatro en este país.
sábado 15 de agosto de 2009
La crueldad del tiburón
"Viendo tales espectáculos quise reír como los demás; pero eso, extraña imitación, era imposible. Tomé una navaja cuya hoja tenía un filo acerado y me abrí las carnes en los lugares donde se unen los labios. Por un instante creí alcanzado mi objetivo. Miré en un espejo esa boca lacerada por mi propia voluntad. ¡Era un error! La sangre que corría en abundancia de ambas heridas impedía, además, distinguir si aquella era en realidad la risa de los demás. Pero, tras unos momentos de comparación, vi que mi risa no se parecía a la de los humanos; es decir, que no me reía."Lautréamont, Los Cantos de Maldoror
jueves 13 de agosto de 2009
Mar

No sé con quién compartir esto, así es que lo gritaré aquí: Maritza, mi amiga de la infancia, mi amiga con la que dejé de hablar cuando entré a la prepa, tendrá una hija, Mar. Siento tanta alegría que quiero carcajearme como cuando aquella vez caímos en cuenta, ella y yo, en medio de la tormenta, de que las gaviotas que creíamos correteaban hacia delante y hacia atrás el ir y venir de las olas eran, en realidad, la blanca espuma del mar.
martes 11 de agosto de 2009
Vacaciones
No aprendí nada en las vacaciones. Sólo esto:
i) que las gaviotas bailan, coreografiadas, en grupo, sobre la superficie del mar, creyendo que persiguen algún pez que será su alimento
ii) y cómo reconocer una garza: no hay nada más blanco que su blanquísimo plumaje y su graznido se asemeja al de una cincuentona que lleva al menos 35 años fumando.
i) que las gaviotas bailan, coreografiadas, en grupo, sobre la superficie del mar, creyendo que persiguen algún pez que será su alimento
ii) y cómo reconocer una garza: no hay nada más blanco que su blanquísimo plumaje y su graznido se asemeja al de una cincuentona que lleva al menos 35 años fumando.
domingo 9 de agosto de 2009
Sobre el box
Imaginemos que hoy es domingo por la noche, domingo de tres semanas atrás. Hace unos minutos bajaba del camión, salía de la estación, pero ahora ceno con mi tío, quien, todavía azorado, hasta diría que un tanto preocupado (lo diría yo por su expresión, no él) me cuenta lo que ayer pasó con Marco Nazareth y Omar Chávez. Mi tío ha asistido a una sola pelea de box en su vida, de niño, con su papá. Peleaba un mexicano contra un jamaiquino. No recuerda sus nombres. “Esos negros no duran mucho”, le dijo su papá cuando llegaron. El negro no duró mucho. Después fueron a Biarritz por unas tortas. Eso hacía su papá después de ver el box, en vivo o en televisión, invitar a alguien una torta de Biarritz. A él, a mi tío, no le gustaban las tortas de Biarritz.
Ahora es Lunes por la tarde, también de hace tres semanas, mi tío vuelve a contar la historia de Chávez y Nazareth. Esta vez también lo escucha mi hermano. Esta vez no desvío su relato con preguntas sobre su experiencia como espectador del box y su infancia. Nos dice que él también pensó que Chávez lo estaba golpeando mucho, que el árbitro debió parar la pelea al menos veinte segundos antes, que el entrenador debió tirar la toalla. Mi hermano dice algo sobre el calor en la mandíbula, sobre la adrenalina y no sentir los golpes. Mi tío lo interrumpe: “Lo golpeaba y él se cubría. Cuando el réferi los paró, se sentó en su esquina. No se recuperaba. Se desvaneció. Cayó y, ya inconsciente, tirado en el suelo, hacia esto como por reflejo.” Mi tío imita al boxeador: desorbita los ojos y hace un movimiento circular con la mano derecha, que repite varias veces, como si estuviera rascándose el pedazo de cabeza que hay alrededor de la oreja, como hacen los perros cuando intentan rascarse la oreja sin poder atinarle. Vuelvo a ver la preocupación que vi anoche, mientras cenábamos, en su cara. La tristeza en su expresión. En ese momento, ya ha dejado ese gesto en paz, comparto su tristeza. Me duele. Me duele verlo así, me duele Nazareth y su muerte “repentina”, me duele la aparente negligencia del árbitro, me duele la culpa de Chávez, me duelen los golpes en el box. Pero sé que mi tristeza y mi preocupación son muy inferiores a las suyas, casi superficiales en comparación. Así como las de él son sólo dos notas en una sinfonía de muerte, en una sinfonía que no es la suya, en la sinfonía de Chávez y Nazareth. Prefiero callar. Pienso que sería imprudente contarle que hace poco vi The Wrestler, una película sobreun hombre que sólo conoce la plenitud en el ring. Tampoco le cuento que hace unos meses vi un reportaje sobre mujeres boxeadoras en el que todas decían haber tenido vidas miserables antes de conocer el box. El box, pienso sin decírselo, es un deporte de personas dispuestas a apostar su vida por un poco de sentido. No se lo digo porque… qué sé yo del box o de la miseria o de las apuestas en las que se juega la vida. Mi hermano y él ahora hablan de Julio César Chávez, sus adicciones, su rehabilitación. En mi cabeza, regresa a primer plano la imagen de Dave Eggers que leí hace un par de días y que minimicé sin cerrar en la pantalla de los recuerdos. La imagen, según la recuerdo, se usa en una comparación. Es la “b” en la metáfora cuando “’a’ es como ‘b’”. La “a”, en esta metáfora, quisiera citarla pero no tengo la fuente, es el contacto que reconforta después de tanta soledad; la “b” son dos boxeadores que se abrazan mientras pelean. Esto, por supuesto, tampoco se lo digo.
Ahora es Lunes por la tarde, también de hace tres semanas, mi tío vuelve a contar la historia de Chávez y Nazareth. Esta vez también lo escucha mi hermano. Esta vez no desvío su relato con preguntas sobre su experiencia como espectador del box y su infancia. Nos dice que él también pensó que Chávez lo estaba golpeando mucho, que el árbitro debió parar la pelea al menos veinte segundos antes, que el entrenador debió tirar la toalla. Mi hermano dice algo sobre el calor en la mandíbula, sobre la adrenalina y no sentir los golpes. Mi tío lo interrumpe: “Lo golpeaba y él se cubría. Cuando el réferi los paró, se sentó en su esquina. No se recuperaba. Se desvaneció. Cayó y, ya inconsciente, tirado en el suelo, hacia esto como por reflejo.” Mi tío imita al boxeador: desorbita los ojos y hace un movimiento circular con la mano derecha, que repite varias veces, como si estuviera rascándose el pedazo de cabeza que hay alrededor de la oreja, como hacen los perros cuando intentan rascarse la oreja sin poder atinarle. Vuelvo a ver la preocupación que vi anoche, mientras cenábamos, en su cara. La tristeza en su expresión. En ese momento, ya ha dejado ese gesto en paz, comparto su tristeza. Me duele. Me duele verlo así, me duele Nazareth y su muerte “repentina”, me duele la aparente negligencia del árbitro, me duele la culpa de Chávez, me duelen los golpes en el box. Pero sé que mi tristeza y mi preocupación son muy inferiores a las suyas, casi superficiales en comparación. Así como las de él son sólo dos notas en una sinfonía de muerte, en una sinfonía que no es la suya, en la sinfonía de Chávez y Nazareth. Prefiero callar. Pienso que sería imprudente contarle que hace poco vi The Wrestler, una película sobreun hombre que sólo conoce la plenitud en el ring. Tampoco le cuento que hace unos meses vi un reportaje sobre mujeres boxeadoras en el que todas decían haber tenido vidas miserables antes de conocer el box. El box, pienso sin decírselo, es un deporte de personas dispuestas a apostar su vida por un poco de sentido. No se lo digo porque… qué sé yo del box o de la miseria o de las apuestas en las que se juega la vida. Mi hermano y él ahora hablan de Julio César Chávez, sus adicciones, su rehabilitación. En mi cabeza, regresa a primer plano la imagen de Dave Eggers que leí hace un par de días y que minimicé sin cerrar en la pantalla de los recuerdos. La imagen, según la recuerdo, se usa en una comparación. Es la “b” en la metáfora cuando “’a’ es como ‘b’”. La “a”, en esta metáfora, quisiera citarla pero no tengo la fuente, es el contacto que reconforta después de tanta soledad; la “b” son dos boxeadores que se abrazan mientras pelean. Esto, por supuesto, tampoco se lo digo.
miércoles 5 de agosto de 2009
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
