No sé por qué, pero Colin de vez en cuando nos preguntaba sobre nuestro lugar de origen. Gracias a esos paréntesis en sus clases, en ocasiones más disfrutables que la poesía, fue que nos contó que él había traducido los primeros planos de Cancún al inglés para inversionistas extranjeros. Obviamente esta información fue un buen pretexto para querer más a Colin, para creer en el fondo de mi inocente corazón que algo más que las clases nos unía.
No sé si fue en esa misma sesión o algunas después, pero recuerdo haber sentido mucha ternura cuando Colin nos enseñó una fotografía, que guardaba en el bolsillo de su saco, del velero que había construido con sus alumnos un par de años atrás. Los envidié. Nos contó que su embarcación estaba en Cozumel y que pasaba algunos veranos navegando. Me lo imaginé con su pipa, de shorts (aunque es muy probable que jamás hubiera usado unos), izando velas. Soñé con encontrármelo algún verano en el trópico, aunque sabía que era poco probable, casi imposible.
Ayer, después de no haberla visto en meses, le conté a mi madre que Colin había muerto. Me sorprendió que recordara perfectamente quién era Colin, ni siquiera tuve que ponerle epíteto a su nombre. La mire con desconfianza, pero ella me contestó muy segura "una vez me dijiste que ese maestro te enseñó a ser feliz". Me dio risa, la verdad no recuerdo que Colin me hubiera enseñado a ser feliz, pero no dudo que alguna vez lo sintiera. Colin podía hacerme sentir que todo valía la pena, la inmensidad del universo, el frio de las montañas, el movimiento del mar, la trascendencia del alma y lo grandioso de la mortalidad del hombre. Mejor aún, Colin me daba razones para creer en el hombre. Durante dos semestres pude sentarme a ver, escuchar, contemplar, y admirar a un incansable buscador del bien, la verdad y la belleza, a un hombre íntegro. Gracias a él, en el fondo de mi inocente corazón, creo que todavía existen personas así.
domingo 16 de diciembre de 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

3 comentarios:
Colin White no se olvida.
Siempre recordaré esos dos semestres de poesía, regaños, sabiduría y demás momentos reveladores. Gracias por mantener vivas estas memorias.
Recuerdo que a veces hablaba con la vista fija en las Islas, como si encontrara más motivación en el paisaje que en las caras estáticas de sus alumnos (hombre inteligente, después de todo).
Recuerdo que nos hablaba de pájaros, de razas y eso. Recuerdo muy bien ese día de la foto de su barco. Fue la clase de detalle que sientes alguien tiene con sus amigos... según yo lo hizo en una de las últimas clases; me gusta pensar que finalmente expresó algo de cariño por nosotros.
Receurdo que en alguna clase nos comentó que el agua de la llave de nuestro país es de las más limpias del mundo, según un estudio que unso canadienses hicieron. Hice la prueba durante una semana y, como no me morí de cólera, sigo haciéndolo hasta la fecha. Fue la clase de humano que te enseña cosas de cualquier naturaleza por cualquier lado; un maestro sencillamente.
Uy, lejanos aquellos gloriosos semestres. trascendentales.
oye, a mí también me duele, pero ya postea
Publicar un comentario en la entrada